Vinos y vinilos: obsesiones compartidas

Coleccionar discos de vinilo es como coleccionar botellas de vino: etiquetas, rarezas, añadas, ediciones limitadas... es una obsesión.

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Foto: Getty Images

Así que esto es lo que les ocurre a los coleccionistas de discos cuando se hacen mayores: se pasan al vino”, me comentaba una vieja amiga de los tiempos del rock and roll al ver en qué se había transformado mi antigua obsesión por los vinilos. Lo cierto es que no he llegado a superar ninguna de las dos adicciones, simplemente he ido asumiendo mi obsesión y paulatinamente heido intentando racionalizarla.

Me llamo Rogelio y soy un adicto. Llevo desde los 13 años comprando discos de vinilo. He ido evolucionado en los gustos pero no en el formato. Y eso que los aficionados al vinilo las hemos pasado canutas durante los duros años del advenimiento y –afortunadamente– posterior caída del CD. Parece que ahora las discográficas han descubierto que hicieron el canelo cargándose el formato en el que se había transmitido, expandido y popularizado la música desde principios del siglo XX. A partir de los 25 años, empecé a beber vino de forma regular, y gradualmente la afición por esta bebida se fue convirtiendo en una obsesión que rivalizaba con mi adicción a los discos.

Contaba Nick Hornby en su indispensable Alta fidelidad que algunas de las personas más sensibles que había conocido en su vida eran los aficionados a la música pop. Lo mismo podría decirse de muchos de los aficionados al vino, y no me refiero a los esnobs que coleccionan y especulan con grandes botellas, sino a los aficionados que recorren medio mundo visitando bodegas, pisando suelos y catando uvas mientras sueñan con poder descorchar alguna vez una botella de DRC.

Poco a poco, y a partir de un listado que hizo hace años el escritor Tony Fletcher, reuní un decálogo (de 11 puntos, por supuesto) con las similitudes y paralelismos que existen entre los coleccionistas de discos y los de vinos, que probablemente sea extensible tantos otros coleccionistas obsesivos de cualquier objeto que se les pase por la cabeza:

1- PASIÓN POR LAS ETIQUETAS

La galleta de un disco y la etiqueta de un vino son, en esencia, simples hojas
de papel adheridas a un producto del que proporcionan una información.
Pero en realidad son mucho más que eso. Las grandes casas de discos, como Motown, Blue Note, Stiff o Elenco, tienen unos logos distintivos que actúan como marchamo de calidad que animan a los coleccionistas a comprar cualquier disco que posea alguno de esos distintivos. Con los vinos ocurre exactamente lo mismo. Cualquier loco del vino es capaz de identificar una botella del Domaine de la Romanée-Conti, de Guigal o del Equipo Navazos de entre la infinita pléyade de botellas que pueblan los anaqueles de una tienda de vinos. Pero no solo eso, todo coleccionista de jazz sabe que no son iguales los discos con las galletas de Blue Note 47 WEST 63rd St New York 23 que las series 47 WEST 63rd NYC sin el ‘23’, que son las reediciones reprensadas en la época. Al igual que no son iguales dos botellas de Reserva 904 de La Rioja Alta de 1975 si tiene la añada en rojo por debajo de la etiqueta o en negro a mitad de la etiqueta.

2- DEVOCIÓN POR LOS PRODUCTORES

Del mismo modo que los melómanos se podrían pasar horas debatiendo sobre las técnicas del muro de sonido de Phil Spector o sobre la brillantez que conseguía Rudy Van Gelder, los enochalaos rápidamente superan la etiqueta y la añada para hablar del enólogo o de la escuela que hay detrás de cada botella.
De hecho, Mariano García o Michel Rolland son tanto o más autores de sus vinos que las propias uvas o el terruño del que proceden. Los productores de vinos más fanáticos son capaces de arriesgarse hasta límites insospechados; una botella recién abierta de La Coulée de Serrant de Nicolas Joly puede ser tan desconcertante como la última producción de Ibon Errazkin. Difíciles de disfrutar recién salidas, pero altamente gratificantes si se dejan reposar durante una década.

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Foto: Getty Images

3- ELITISMO

Hay que admitirlo, una de las razones por las que empezamos a coleccionar cromos, cómics, sellos, discos o vino es para poder decir a tus amigos: “Yo tengo este y tú no”. La sensación de superioridad es un instinto natural humano (bueno, masculino), y es inútil combatirlo. No hay un solo coleccionista de discos que no se haya comprado algo porque tiene un número limitado de copias escrito en la solapa. Lo mismo que los coleccionistas de vino son unos fanáticos de las producciones limitadas o buscan desesperadamente botellas de productores ya desaparecidos como los del Domaine René Engel o los del Château Rayas anteriores a la muerte de Jacques Reynaud en 1997.

4- CONOCIMIENTO DE CAUSA

Mola tener un disco raro de un buen grupo, pero mola mucho más tener un buen disco raro de una buena banda. Del mismo modo, una cosa es tener una botella rara de un buen productor, pero es mucho mejor si encima esa botella es de una buena añada. Así, tener los discos instrumentales de James Brown en Smash está muy bien, pero es mucho mejor tener una copia del single original mono del Night Train, que además es un clásico.

De la misma forma que está bien tener todas las ediciones de La Bota de… del Equipo Navazos, pero mola más tener todas las Botas NO del mismo equipo y algunas de las botellas que nunca llegaron a comercializarse

5- INVERTIR EN LA PROPIA OBSESIÓN

Más de un coleccionista se ha gastado el dinero de la hipoteca en esa copia original de Pedro Ruy-Blas y Dolores creyendo que siempre la podría revender por un pastón. Lo mismo que los coleccionistas de vino se obsesionan almacenando cajas de vino hasta su momento óptimo de consumo con la convicción de que lo podrán revender más adelante obteniendo pingües beneficios, aunque en el fondo sepan que ganarían mucho más si lo invirtiesen en bonos del tesoro. Además, envejecer vino requiere buenas condiciones de almacenamiento, lo que hace que se encarezca a más del doble la inversión, por no contar el trabajo, estudio y paciencia que hace falta. Pero lo que hace subir la adrenalina ludópata de los coleccionistas es la certeza de apostar por un caballo ganador. Aunque la parte mala es que a veces estás pagando demasiado por tu hobby.

6- EL ENCANTO DE UN CHOLLO

Los coleccionistas de discos pasan fines de semana completos en mercadillos o ferias de coleccionismo así como la mitad de las vacaciones encerrados en antiguas tiendas de segunda mano con la esperanza de encontrar una polvorienta, pero regalada, copia del disco de Vainica Doble en Opalo. De igual manera los locos del vino recorren todas las bodegas de los más remotos pueblos para ver si encuentran alguna botella bien conservada de Marqués de Riscal Cuvée Médoc. Además, los enómanos saben que hay cientos de grandes vinos que cuestan menos de 10 euros. Cuando veo alguno de estos por debajo de su precio me cuesta no llevarme todas la existencias, aunque sea para regalarlas a la familia y que por lo menos me sirvan para tomar algo bebible en las comidas familiares.

7- PRESTAR DEMASIADA ATENCIÓN A LOS CRÍTICOS

Si piensas que los fans de la música prestan mucha atención a las críticas de discos es porque no conoces el mundo del vino. Existen muchas menos publicaciones que en la música, lo que hace que los pocos que hay tengan muchísimo poder. Una buena crítica del Wine Advocate o del Wine Spectator no solo logra que los lectores vayan corriendo a las tiendas, sino también que los precios suban, e incluso que en los anaqueles aparezcan las dichosas etiquetas indicando que un vino tiene 98 Puntos Parker. Lo curioso es que en ambos mundillos los aficionados presumen de no escuchar a los prescriptores mientras que en los foros cibernéticos revelan justamente lo contrario.

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Foto: Getty Images

8- LA NECESIDAD DE ACCESORIOS

Lo melómanos se gastan auténticas fortunas en agujas, amplificadores, pantallas de sonido, cables de altavoces e incluso estanterías a medida para guardar los discos. Del mismo modo que los aficionados al vino compran neveras de temperatura y humedad controlada, cuando no se construyen su propia bodega con todo tipo de sistemas de regulación de temperatura y humedad, copas de imposibles formas para cada variedad de uva o innumerables sacacorchos y decantadores. De igual manera que no es lo mismo tomarse un Château de Beaucastel en unas Riedel Performance que en unas Zalto Borgoña. No es lo mismo escuchar el prensaje original del Somethin’ Else de Cannonball Adderley en un tocadiscos Thorens con una aguja Grado, un amplificador Exposure con una etapa de válvulas Consonance y unas pantallas Castle, que hacerlo en cualquier otro sitio.

9- LA TENTACIÓN DE ACUMULAR

Conozco a más de un coleccionista discográfico que se ha comprado una copia perfecta y sellada de algún clásico. ¿Creéis que lo va a abrir y escuchar? No, porque eso devaluaría el disco.
Con el vino es mucho peor. Existen millonarios que gastan fortunas en subastas de fantásticos vinos de origen certificado solo para guardarlos unos años y después revenderlos obteniendo su consiguiente beneficio. Estos acaparadores pertenecen a la misma calaña que los reventas de entradas o los especuladores inmobiliarios y, como tales, deben ser tratados con el mismo desdén.
Afortunadamente, hay suficientes personas que aman su hobby por lo que es, y lo que más les satisface es compartirlo. No existe mayor placer que compartir una buena botella de vino con amigos que lo saben apreciar, al igual que disfrutar de un buen disco en buena compañía.

10- EL PLACER EDONISTA DE LA EMOCIÓN

No existe ninguna sensación en el mundo equiparable a la de poner todos tus sentidos concentrados en algo bello. Aunque lo que te apetezca sea escuchar algo ligero o beber un vino sencillo o abrir una gran botella suficientemente madura y escuchar un clásico. La música y el vino no solo tocan la fibra sensible como pocas cosas en este mundo, sino que, además, juntas hacen la pareja perfecta.

11- EL PLACER DE HABLAR DE ELLO

Probablemente me haya pasado más de media vida encerrado en tiendas de discos o en vinotecas charlando con el disquero o el sumiller sobre música o vinos. Se me ocurren pocos planes mejores que estar discutiendo con un amigo sobre si es mejor la versión mono o estéreo del Aftermath de los Stones mientras te terminas una botella de La Mémé de Gramenon del 99. Solo por el placer de disfrutar de todos estos momentos merece la pena tener una obsesión así.