Manuel Jabois: «Mi magdalena de Proust es el bacon crudo»

El periodista y escritor habla sobre su nueva novela, 'Miss Marte', pero también de cocido, bacon y otros placeres gastronómicos.

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Manuel Jabois. ©Jaime Partearroyo.

Cuenta la leyenda que la madre de Manuel Jabois vivió un tiempo preocupada por el oficio futuro de su hijo.  Pero éste, que fue un adolescente desmelenado y reconoce haber tenido su época nini, sorteó la incertidumbre poniéndose a escribir y dejando que la suerte lo meciera con la pluma en la mano.

Hoy, con su melena brumosa de recién duchado, se ha convertido en uno de los grandes cronistas de nuestro tiempo. Pero, además, Jabois (Sanxenxo, 1978), es una especie de unicornio de la literatura. Tras el éxito de su primera novela, Malaherba, estos días saborea con gusto la publicación de la segunda, Miss Marte (Alfaguara). En ella narra la historia de una desaparición y también de una investigación periodística en la que habla sobre la amistad y la familia y la amistad, la pérdida y el encanto, los secretos y las mentiras, con su peculiar prosa, plácida, poética, rítmica. Una historia poliédrica que engancha porque es un thriller, pero también un cuento, una radiografía sentimental y un puzle.

Inevitable hablar de la nostalgia: decía el Che Guevara que esta empieza siempre con la comida.

Yo siempre digo que mi magdalena de Proust es un trozo de bacon crudo. Lo como por mi abuelo, él cortaba finito, con pan y un poco de vino y yo, de pequeño, me metía en la cocina para imitarlo. Y aún hoy sigo haciéndolo, me encanta.

¿Y qué otro ritual a la mesa recuerdas?

Mi familia es de Sanxenxo pero mis abuelos son de aldeas cercanas. En una de ellas, O Seixal, teníamos el cerdo. Bueno, cada familia, tenía su cerdo y luego venía la matanza. Allí había un arcón lleno de sal donde se salaban todas las partes del puerco… y luego venía el reparto. Pero sobre todo recuerdo el cocido de los domingos en la casa de mi abuela.

Fuiste pregonero de la famosa feria del cocido de Lalín…

Sí, pero yo soy un comedor de cocido muy raro, no soy muy de grelos o de lacón. A mí me gustan mucho las partes blandas, que no son las partes más exitosas del cerdo, pero me encantan la oreja, el morro, el pezuño.

De tu abuela sueles decir que era quejumbrosa, menos cuando comía cocido.

Sí, cuando comía se olvidaba de la muerte. No era una prototípica abuela gallega, era una maulas. Era prototípica en el sentido de que tenía que haber comida en la mesa hasta que todos nos muriésemos, y ya podía aparecer yo en su casa con 100 kilos que siempre me veía en los huesos. Pero luego estaba siempre quejosa, un poco al estilo Molière, pero no por vaga, sino porque un día empezó a afectarle la vejez y abundaba mucho en eso del quién sabe si habrá próxima vez. Sin embargo, en los últimos años, en la mesa se le olvidaba todo. Prorrogó su vida para seguir comiendo.

Manuel Jabois fotografiado en las oficinas de Spainmedia. ©Jaime Partearroyo.

¿Y tus comidas, cómo son a diario?

Cocino lo justo, y suelo salir fuera. Me gusta mucho comer solo, el menú del día. Porque, aunque no tenga hambre, con el primero, segundo y postre, me da tiempo a leer el periódico. Con amigos también quedo a comer, sólo que cuando estás en compañía bebes, no te levantas, tardas más en irte, es muy difícil amputar de golpe esa felicidad.

¿Una comida, te inspira?

Te nutres de todo. La gente a veces me pregunta de dónde saco ideas. Pues de todas partes, estoy entrenado para eso, pero de cualquier comida sales con ideas.

Periodista, novelista, cronista, reportero… ¿con qué traje te encuentras más cómodo?

Estoy cómodo con todos, pero tal vez me gusta más el gran reportaje o la crónica. Y hacerlo para dentro de dos horas. Esa adrenalina de escribir la tengo desde hace 20 años, y la sigo manteniendo intacta.

También hubo un tiempo en que decías –con bastante más incorrección– que escribías para follar. ¿Y ahora?

Ahora escribo para quererme a mí mismo un poco más. Ya me quiere quien yo quiero. Pero yo escribo sobre todo porque me lo paso bien. Cuando tenía 25 o 30 años también escribía porque me lo pasaba bien, pero sobre todo porque me pagaban y, aunque ahora también me pagan, podría prescindir de hacer una novela. Si la escribo es porque me gusta y me lo paso bien. Tal vez es un signo de madurez.

Literaria desde luego. Estás en un momento muy dulce. 

Antes, cuando trabajaba en un periódico local, escribía para muy poca gente. Pero ahora es como si te dijeran: ‘Mira, tienes un estadio a tu disposición todas las semanas, si quieres salir a dar unos toques, juega o haz lo que te da la gana’, y me gusta hacerlo. Y también creo que cuanto más haces algo, mejor te sale. Con altibajos, claro. Mi aprendizaje es mecánico. Yo no he nacido con el talento de Mozart para una actividad concreta, en este caso el periodismo o la novela. En el periodismo llevo ya 25 años y ahora me gusta cuando me leo. Y en la novela, si sigo e insisto, creo que también podría hacerlo. Sólo quiero saber hasta dónde puedo llegar. No quiero dejarlo sin saber si puedo escribir algo mucho mejor que lo que he hecho. Eso me anima a seguir.

Una de las citas de tu novela hace referencia a lo importante que es saber lo que no quieres hacer.

Es de una anécdota que me contó hace años mi amiga Yaiza Santos: la protagonista va con siete pesetas a una librería y, entre comprar un lápiz o una goma, elige la goma. A veces hay que dejar de hacer o saber lo que no tienes que hacer.

Qué buena es a veces la memoria, y qué selectiva…

Para mi casi toda la memoria es buena. Cuando escribes ficción, además, te permite alterarla como te dé la gana.

¿Sigues teniendo fe en el periodismo?

Mucha. En contra del discurso catastrófico imperante, yo tengo fe. Lo que sucede es que solemos poner el foco en lo que se hace mal, pero mientras sea así, el periodismo seguirá teniendo dentro de lo que cabe buena salud, porque quiere decir que sigue llamándonos la atención.

¿Si pudiera, con quién le gustaría compartir un almuerzo? 

No sé. A mucha gente. Aunque aquí, si pienso como periodista, diría que Woody Allen. No creo que tuviéramos una gran conversación, pero seguro que de esa comida saldrían cuatro páginas maravillosas.

¿Y de copas?

Con alguien alegre o que baile bien. Diría que entre Napoleón y Jorge Javier Vázquez, aunque con Napoleón no me entendería tan bien. Sin embargo, Jorge Javier tiene pinta de ser divertido, y luego seguro que tiene esas conversaciones perfectas para beber y no acordarte al día siguiente.

 

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