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Tal vez es la sensación que me persigue en estas últimas semanas en las que he pasado por todos los escenarios posibles: el desconcierto de no comprender del todo la situación, las vacaciones en familia que hacía muchos años que no tenía, ordenar ideas y armarios que no se abrían desde hacía tiempo, hasta hoy, más de un mes y medio de confinamiento en el que estoy intentando convivir conmigo mismo.

En cierta manera construimos un personaje alrededor de nuestra figura de cocinero, una especie de traje especial (últimamente veo muchas películas de superhéroes), que nos da ciertos poderes y que el ser humano de carne y hueso que lo habita no sería capaz de llegar a la exigencia a la que se le somete.

Debemos liderar equipos de trabajo, ser sensibles y comprometidos con nuestro entorno, debemos ser grandes comunicadores y mostrar nuestra mejor cara ante nuestros clientes todos los días independientemente de nuestra situación personal o laboral. Además de creativos y éticos y de saber encajar las críticas y la exposición de nuestra actividad…

Pues estos días hemos descubierto –yo lo sospechaba desde hace tiempo– que no somos esenciales para la sociedad, que los verdaderos héroes son otros. Tal vez una lección de humildad muy cruel, por las vidas que se ha llevado, por el empleo y los proyectos que se han destruido.

Toca ver la vida pasar desde la ventana de nuestra casa y no desde la mirilla de tren de alta velocidad al que estábamos acostumbrados, donde tan sólo puedes ver esos grandes paisajes; ahora observas los pequeños brotes que esta inusual primavera te ofrece y te recuerda que la naturaleza sigue su ritmo mientras te hace una peineta desde ahí afuera. Un frenazo en seco en nuestra agitada vida de ‘chefs estrella’ –repleta de viajes, reconocimientos y consideraciones por nuestro trabajo– que nos obliga a mirarnos en el espejo y convivir con todo aquello por lo que tanto luchamos: la familia, no la fama. Por suerte, mi entorno nunca se ha tomado muy en serio al personaje y sí a la persona, y esto hace que la convivencia conmigo mismo sea más llevadera.

En esta lucha interna en la que una parte de mí me pide quedarme en casa cocinando para mi familia y disfrutando de mis hijos, el personaje público te dice que debes salir ahí fuera y ayudar a las personas que lo necesitan y apoyar cualquier iniciativa que respalde el trabajo de productores u ONGs. Intento formar parte de este movimiento desde el anonimato que dan las mascarillas, un eslabón más de la cadena, dos manos más de cocinero como tantos compañeros que muestran la cara más solidaria de esta profesión.

Mientras tanto el ‘chef estrella’ se encarga de la difusión y de los selfies para todo aquel que considere que mi presencia allí es importante… cuando son ellos los que, sin tener ningún ‘traje especial’, lo dan todo por los demás.

Kiko Moya es chef del restaurante L’Escaleta (dos estrellas Michelin), ubicado en la localidad alicantina de Cocentaina. Bajo el paraguas de Alicante Gastronómica Solidaria ha estado colaborando, entre otras, con las cocinas del Centro de Desarrollo Turístico (CdT) de Torrevieja para dar cobertura asistencial a las personas más necesitadas de la comarca de la Vega Baja.

 

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