Reportajes

A mil años luz de ella (Parte II)

Ilustración: Julie Rambaud

Antes de continuar, lee la primera parte de ‘A mil años luz de ella

Fuera de la cocina: la casa verde

A. B. mide casi dos metros, pesa unos 110 kilos y siempre lleva chancletas. Da igual la época del año. “Me gusta llevar los pies al aire. No hay nada más libre que eso. Yo le digo a Babylon cada invierno que no pienso seguir su juego. Soy libre. Libre para llevar chancletas en invierno y botas de nieve en verano. Esa es la belleza de la libertad: poder hacer siempre lo que te salga de los cojones”.

Para que te reciba, hay que llamar a su ventana, pisando el césped que hay bajo ella en el patio de una urbanización. Cuando tocas el cristal, ves aparecer la mitad de su cabeza. Se queda ahí unos segundos, como si te hiciera un escáner de retina, y entonces te sonríe como un niño de 40 años. Esa es la señal. Puedes entrar. Pero no es él quien te abre. En su lugar, aparece una señora de 60 años. Es la madre. A. B. vive con ella. Resulta imposible saber si la mujer conoce los negocios del hijo. Ella te invita al interior de la vivienda y te ofrece comida y bebida. Si dices que no, insiste. E incluso abre la puerta de la habitación del hijo, donde las bolsas de marihuana bailan de la cama al escritorio y del escritorio a la cama, para repetir que “no es normal tener así a los invitados; al menos unas galletas o un zumo hay que tomar”. A. B. la echa a gritos, refunfuñando y diciendo “es que no tiene uno intimidad, joder. No tiene puta intimidad en ninguna parte”. Es curioso ver aquella escena: un tipo de cuarenta años, vestido como un adolescente, con una habitación llena de juegos de la PlayStation y un sillón con volante para las carreras de coches, gritando a su madre mientras vende marihuana porque la mujer no deja de ofrecer comida a los clientes. Julia ya está acostumbrada. Incluso se queda un rato hablando con la madre de A.B. antes y después de comprarle material al hijo. Se tienen cariño. Por eso les lleva bizcochos con marihuana, helados y polvorones cannábicos. Ellos le dan las gracias y se despiden en la puerta, como en esos programas que recorren diferentes países a la caza de españoles ‘perdidos’ por el mundo.

Julia le compra a A. B. por costumbre. También le ‘pillaba’ a un amigo que pertenece a un club cannábico: un local privado en el que las personas -mayores de edad- se ‘reúnen’ para disfrutar del consumo compartido, recibiendo, siempre y cuando sean socios, una cantidad limitada de marihuana al mes y que debe ser consumida en el establecimiento. Como la venta a terceros en este tipo de asociaciones está prohibida para evitar el tráfico ilegal de drogas -y ella buscaba cantidades importantes para cocinar-, tuvo que cambiar de estrategia. Preguntó, probó diferentes vías y acabó conociendo a A. B. -y a su madre-.

Tanto giro y tantas dificultades se deben a la situación legal de la marihuana en España, donde no se puede vender, consumir ni cultivar de forma legal si no está prescrito por un médico. Según establece la Ley 17/1967 sobre estupefacientes, el consumo se considera ilícito, pero no será sancionado salvo que se realice en la vía pública -aplicando la Ley Orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de protección de la seguridad ciudadana-. Esta misma ley sanciona el cultivo para consumo propio en caso de estar en un espacio público o ser visible desde el mismo, con independencia de cuantas plantas se encuentren allí. Otra historia es la plantación para venta, penada con hasta seis años de cárcel. Pero el caso de Julia es especial: enferma de cáncer, y sabiendo lo anterior, ¿podría acceder a marihuana si se la receta un médico? La respuesta es no. Sólo se consideran medicamentos aquellos productos derivados del cannabis, pero no la planta. Esto significa que los cannabinoides pueden extraerse para su uso farmacológico y aplicarlos a pacientes con diferentes dolencias y enfermedades crónicas, pero el médico jamás recetará fumar –o cocinar- ‘marihuana’ a nadie -aunque muchos reconozcan que sería positivo-.

Numerosas asociaciones, fundaciones y sociedades persiguen un cambio que parece llegar al resto del mundo mientras en España se enquista sin remedio. La Sociedad Española de Investigación sobre Cannabinoides (SEIC) es una de ellas. Formada por investigadores que se desarrollan en el campo de los cannabinoides desde diferentes disciplinas, pretende apoyar a estos científicos y promover un marco legal que permita el avance de esta materia. Para ello, organizan reuniones y seminarios, tanto a nivel nacional como internacional, promueven la actividad formativa y centralizan una red de intercambio de información. Pero no ‘viajan’ solos. El Observatorio Español de Cannabis Medicinal (OECM) persigue el mismo objetivo. Integrado por médicos, investigadores y asociaciones de pacientes, promueven actividades y proyectos orientados al conocimiento y al uso del cannabis medicinal y sus derivados. Junto a ellos, otros tantos ‘compañeros de lucha’ tratan de lograr nuevos enfoques.

En Holanda, Canadá, Uruguay y algunas zonas de EE.UU. se ha regulado el uso del cannabis, pero de manera distinta en cada uno de ellos. En España, políticos como Pablo Iglesias, Secretario General de Podemos, mantienen el debate abierto: “El mayor problema que genera el cannabis no es de salud pública, sino la delincuencia y la explotación asociadas al tráfico ilegal. Me parece más digno exportar marihuana y obtener ingresos para mejorar la sanidad y los servicios públicos que exportar armamento” (Twitter, 23 de junio de 2018).

Ahora toca volver a la cocina.

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 40, febrero 2019.
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