Los Iaccarino, amor a la italiana

David Moralejo

El restaurante de Alfonso Iaccarino no es (solo) un imprescindible templo del buen comer, también la casa de una ‘famiglia’ dispuesta a hacerte sentir parte del clan.

Prendere, questa è la limonata di casa!”. Apenas te ha dado tiempo a soltar la maleta y Livia Iaccarino ya está ahí, esperándote en el jardín con su sonrisa enorme y una jarra rebosante de limonada. “La elaboramos con los limones de la familia desde hace generaciones”, dice mientras espera impaciente a que termines el vaso para llenártelo de nuevo. En ese momento no imaginas, claro, que esta será la rutina durante el tiempo que pases en casa de los Iaccarino: no permitir que veas el vaso o el plato medio vacíos en ningún momento. Y bajo ningún concepto. En Sant’Agata sui Due Golfi, un pueblito a pocos kilómetros de la imponente villa de Sorrento, en la costa amalfitana, todo el mundo conoce la casa de don Alfonso. Y, aunque su casa es, se trata de un palazzo de 1800 convertido en hotel Relais & Chateaux, restaurante (con dos estrellas Michelin) y escuela de cocina. El halo romántico, que lo tiene, se disipa cuando ves a dos japonesas preparando unos calabacines o a una pareja de americanos cortando spaghetti fresco. Don Alfonso, que a veces gruñe porque a ver, es mediterráneo, italiano y del sur, aparece de repente en escena. Y dan ganas de abrazarlo, aunque gruñón, cuando te dice “vamos, sube” y te lleva en un viejo coche a Le Peracciole, su granja situada en Punta Campanella, el mejor esquinazo para darte de bruces con la isla de Capri. Allí corretean las gallinas, brotan las verduras y las vacas esperan pacientes su turno. Alfonso cava la tierra, arranca matojos, suda la gota gorda. No es pose; es su despensa, de la que se sirve para cocinar junto a su hijo Ernesto, convertido ya en su más que digno sucesor mientras Mario, el primogénito, ejerce de impecable jefe de sala. La cena, un banquete alla italiana con todas las letras, no significa que el viaje haya terminado. Aún queda un desayuno inolvidable y que Livia, al ver que te marchas ya, te dé una bolsa con un paquete de pasta, un bote de tomate y aceite de oliva, todo etiquetado con el apellido familiar, “para que comas algo cuando llegues a Spagna”.

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