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Para planear el asesinato de uno de los peores enemigos de La Familia, para hacer sentir bien a un niño huérfano que malvive en las calles de Nueva York o para lograr conciliar el sueño durante un largo periodo de exilio tras un crimen a sangre fría. La pasta con tomate y albóndigas es algo más que un simple plato para los italianos, en la historia magistral de Mario Puzo, El Padrino, es una ceremonia.

“La primera comida que Tom Hagen hizo en casa de los Corleone fueron unos espaguetis con salsa de tomate. Hagen nunca había logrado olvidar el sabor de aquel primer plato. Después le dieron una buena cama de metal donde dormir. Fue como un sueño”. Un plato de pasta, la carrera de derecho y tomar como esposa a una italiana de Nueva Jersey fueron los ingredientes necesarios para convertir a un niño americano descendiente de irlandeses en un consigliere ejemplar.

El arte de cocinar pasta es tanto para mujeres como para hombres. Cuando la cúpula del hampa se reúne cualquiera puede poner a hervir el agua y abrir los botes de tomate. Si un traidor, por ejemplo un tal Paulie Gatto, tiene que ser ajusticiado, no hay problema: Clemenza, el caporegime de La Familia, se pone el delantal y cocina con orégano y esmero la ansiada venganza.

Tallarines, macarrones o espaguetis. Cualquier variante es válida en bodas, cenas previas a asesinatos o durante el exilio. Cuando Michael se ve obligado a marcharse de Estados Unidos y esconderse en Italia, la comida, el vino y el amor son sus más fieles compañeros. “Los largos paseos nocturnos, acompañado de una botella de buen vino para digerir la sabrosa cena a base de pasta y carne eran lo único que permitía a Michael conciliar el sueño”.

Y es que los asesinatos, la lucha entre bandas y las drogas pueden ser actividades muy entretenidas pero la pasta… la pasta con tomate y queso rallado… eso sí que es cosa nostra.