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No le temas al champagne: Si beberlo es sencillo, entenderlo también.

| 6 Jul 2015

El mundo no sería el mismo si no existiese el champagne. Aunque nunca lo hayas bebido, aunque solo lo hayas probado un par de veces en la vida o aunque seas un fan incondicional de este brebaje. Aceptémoslo, ¿qué sería de una celebración sin una botella de champagne? Bodas, películas, Ibiza, glamour, botellas que se abren tras al paso de un sablazo… ¡Champagne para todos!

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Nada mejor, para sutituir a una figura religiosa en un ritual, que una botella de champagne: ¿qué hay que bendecir un barco? ¡Botella de champagne! Pero lo que empezó en Inglaterra se perfeccionó en Francia, donde se descubrió que el champagne podía cambiar de sabor al agregar una buena dosis de azúcar. Los ingleses lo preferían seco pero los franceses lo volvieron tendencia endulzándolo. Sin embargo, la producción de dióxido de carbono era temida por aquellos que buscaban la solución a la explosión que está causaba. Menuda faena. Una doble fermentación fue lo que alcanzó Dom Pierre Pérignon a finales del siglo XVIII para permitir que este vino espumoso pudiese ser transportado sin la calamidad de que explotase en el trayecto. Merci beaucoup Monsiuer Pérignon.

Los primeros 300 años de la vida de este brebaje se bebió en coupe (y no, no la copa no estaba modelada en honor al pecho de María Antonieta), pero se cuenta y se comenta que ésta hace que desaparezca la tan buscada efervescencia ya que tanta amplitud impide que haya un desarrollo del aroma. Eso era aceptado en una época en la que las burbujas eran consideradas bastas, pero ahora la burbuja es vida. Lo hemos intentado, aún así las de flauta no son la solución y parece ser que el secreto está en una sencilla copa de vino blanco.

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Si lo que quieres es tirarte a las calles madrileñas a tomarte una buena copa y darle un besito de hasta luego a este calor infernal a base de un colocón de burbujas (qué mejor que emborracharse con estilo) las ofertas son escasas pero no nulas. Empecemos con Bocadillo de Jamón y Champagne, entre copas (y botellas) de Ruinart, Veuve Cliquot y Krug así como con molletes y chapatas de  paleta de bellota no hay quien salga insatisfecho de aquí. Y hablando de Ruinart, en septiembre el Blanc de Blancs vuelve a la carga en el hotel Urso con las Noches de Jazz y Champagne. Ahora bien, no hay nada mejor como brindar en la comodidad de tu sofá (pijama incluído) y para hacerlo con novedades está MCIII, la máxima expresión de Moët & Chandon, un champagne hecho a partir de vinos de la vendimia que han madurado con cuidado en los tres universos esenciales del envejecimiento: metal, madera y vidrio. MIA de Freixenet (sí, es un cava pero, está tan bueno),  hecho por la enóloga Gloria Colell (spoiler alert: Tapas #5) hecho con uvas moscatel para producirlo. Y, por último, mi favorito hasta el momento: Veuve Cliquot Rich. Una copa de balón con hielo y una justa dosis de piña, pomelo, pepino, apio, pimiento o té… una terraza… y listo.

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