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Lo mejor de 2014

| 20 Dic 2014

Cada año por estas fechas jaraneras siempre intento resumir brevemente (cosa que no suelo conseguir) lo mejor, mi lo mejor, de lo vivido en los últimos doce meses. Y, si otras veces lo he separado por categorías o, directamente, he compartido un decálogo de momentos, en esta ocasión he decidido que toca un mix, un batiburrillo loco porque así es la VIDA. Al menos, la vida que me gusta. Lo que no haré será sentar cátedra (o pretenderlo) con frases uf sobre platos wow porque, la verdad, sigo creyendo que comer y rascar todo es empezar, pero NO filosofar ni convertir un disfrute zampón en disertación kantiana, la metafísica de las costumbres y tal. Que NO.

Sí os adelantaré que en 2014 he alucinado con el pulpo seco de Quique Dacosta en su menú Tomorrowland tanto como con la tortilla de Betanzos de Taberna Pedraza o el colosal cocido de Antonio Cosmen. Y que tan fetén han sido las noches de champagne y mortadela (qué mortadela) en Club A de Arzábal como aquella en la que acabamos bailando entre gin tonics en el Columbus de los Sandoval. Magistral fue la comida familiar en mi queridaCasa Zaca, perfecta esa cena entre grandes amigos y enormes caparrones en Algarabía e inolvidable (que no irrepetible porque sé que habrá más) ese sushi casero que ni el del garito de Jiro Ono.

Este prólogo veloz es el resultado no previsto de un repentino ataque de escritura automática, tan eficaz siempre para sacudir el subconsciente; pero eh, no seamos dadás o acabaremos como Breton en 1943, con losProlegómenos al Tercer Manifiesto o No. O sea, un lío; un no llegar a donde íbamos.

Vamos a ello pues. Aquí, lo mejor de 2014. Sin orden ni concierto pero con algún concierto. E incluso algún desconcierto de regalo, porque sin peores (momentos) no podrían existir mejores.
TICKETS, LA DIVERSIÓN.

Nada más cruzar la puerta de Tickets ya sabes que algo grande va a suceder. Como un circo con aire de freak show, todo en el local es un ir y venir de luces, colores, jaleo, escenarios kitsch que se entremezclan sin disimular el trampantojo y comida, claro, mucha comida. La alta cocina desenfadada imaginada por Albert Adrià representa hacia dónde va (o debería ir) el mundo gastro una vez superada la era de elBulli. Todo lo nuevo que tanto nos gusta, todo lo loco, callejero e imprevisible, tiene mucho que ver con este Tickets y esa capacidad única de los hermanos Adrià para cambiar las reglas sin pretenderlo. En 2015 seguirán haciéndolo con su desembarco en Ibiza junto al Circo del Sol y la apertura de Enigma, que supondrá la última pieza del puzzle con el que han revolucionado el Paralelo barcelonés tras el éxito de Pakta, Bodega 1900, Hoja Santa, Niño Viejo y Tickets. Hace solo unos días, durante la presentación en Madrid del turrón de Gin Mare que ha creado para Turrons Vicens, le pregunté a Albert (casi como una plegaria) que para cuando un local Adrià en la capital. Y me dijo que no lo descartaba. Que quién sabe si 2016. Tengamos fe. Mientras rezamos por ello, aquí tenéis el artículo de aquella cena en Tickets.

CORTÁZAR, LA EXCUSA PARA TANTO, PARA TODO.

Sin la celebración del centenario de Cortázar, 2014 habría sido infinitamente más aburrido, más tonto y menos viajero. Con Cortázar inauguré el año, mejor dicho, con la excusa para zampárnoslo a él, devorarlo mejor, y de paso rendirle homenaje hasta comiendo perdices, su plato favorito. Aquellas líneas se me quedaron cortas cuando, al llegar la primavera, decidí que debíamos hacer la ruta París-Marsella, la misma que él recorrió junto a Carol Dunlop y por la que ambos publicaron Los autonautas de la cosmopista, el más bello cuaderno de viajes de la historia. Pero claro, nosotros no somos ni cronopios ni famas, menos aún dragones Fafner, así que la reinterpreté con parada en buenas mesas, hoteles pintones y pueblos de los que no necesitan filtro en Instagram. Ahora que acaba 2014, ahora que ya no tendremos la excusa de Cortázar (como si nos hiciera falta), me sale repetir aquello de “Oh, Julio, qué poco duró el viaje…”.

LEOPOLD, LISBOA SUBLIMADA.

Os he descrito tantas veces Lisboa, he mandado tantos correos con recomendaciones a amigos y familiares, he dado (y doy) tanta guerra con lo portugués, en fin, que a veces me corto para no resultar repetitivo. Sin embargo, no podía dejar fuera este descubrimiento imprescindible del barrio de A Mouraria, un restaurante minúsculo (antes fue panadería) y de una sobriedad brutalmente bella en el que disfrutamos de una comida genial horas antes de salir a bailar con Robbie Williams (otra cosa memorable, sí). Fue mi querida María Ulecia, de Mi Casa en Lisboa, quien nos recomendó Leopold cuando apenas llevaba un par de semanas abierto. Coincidía con el fin de semana del partido de la Champions, así que era el momento perfecto para evitar clásicos como Ramiro, Gambrinus y demás, así como las calles más concurridas. Total, que allí nos plantamos y allí estaba el chef Tiago Feio, que cocina al vacío con la ayuda de un Roner y reinterpreta el recetario tradicional portugués con productos de temporada procedentes de pequeños productores. Todo aquí es silencioso y sin estridencias, desde el huevo con setas y trigo sarraceno a las “legumes na terra”, con verduras al dente, crema de nabo y “tierra” de cacao y algarroba, el bife de las Azores con mantequilla de oveja de Azeitão, la alheira de caza… Nos tumbamos prácticamente la carta entera, cada receta servida en un plato diferente (a cual más bonito) de Bordallo Pinheiro y todo con la mano servicial de la encantadora Ana, mujer de Tiago. No recuerdo la cuenta, pero rondó los 30 € /pax.  Total, que siempre quiero volver a Lisboa y ahora siempre quiero volver a Leopold. Eso haré en 2015.

THE NATIONAL, ESE DIRECTO.

No tocaba ir porque la intención era estar en Bilbao viendo a The Divine Comedy. Sin embargo, un cambio de planes inesperado me llevó de cabeza al MAD Live! by Sony, un festival en el que también actuaron The Kooks y Mando Diao. Lo cachondo del asunto fue que a estos me los perdí (cosa que me daba bastante igual) por culpa de un ataque de hambre atroz. Tras una parada técnica en Taberna Verdejo, con tan mala suerte que la última mesa libre me la había quitado a mí mismo al recomendársela vía Twitter a un par de fieles lectoras, acabamos comiendo un apresurado bocadillo en un bar infecto de la plaza de Felipe II. La noche empezaba con ardor, sí, pero estomacal. Eso solo podía solucionarse con un tropel de gin tonics mientras esperábamos a que salieran Matt Berninger y su banda, acompañados encima por Sufjan Stevens. Al compás de Riders on the Storm, de The Doors, arrancaron entonces un concierto sublime, con guiño a Sufjan incluido (ese temazo, Ada, fusionado con Chicago) y momentos álgidos como el de Bloodbuzz Ohio, Mr. November o Sorrow, esa canción que tocaron 105 veces seguidas en una performance en el MoMA PS1 de NY porque así de artistas son ellos. En un año tan flojo de bombazos musicales (o esa sensación me da, más allá de Alvvays, el Cruel Runnings de Miniature Tigers o el fantástico It’s Album Time de Todd Terje), me alegró comprobar que The National son más enormes a cada paso.

LO AUTÉNTICO, EL PRODUCTO Y YA.

Más comida. Más comida de verdad y sin elaboración apenas. En esta imparable vuelta al pasado que ya es presente y apunta a que será futuro, el modelo impuesto por templos del producto como La Tasquita de Enfrente no sólo se venera, también se sigue como tendencia. En MEATing, en La Buena Vida, en Sala de Despiece, los tres de Madrid, en los sevillanos No Kitchen, Alhucemas y Jaylu, en Güeyu Mar (Ribadesella), en Abastos 2.0(Santiago de Compostela), en los gaditanos El Campero y Venta Cabo Roche, en Elkano (Getaria)… Jugar a lo crudo, a lo apenas pasado por fogones o a la esencia del mar y la tierra nos devuelve los sabores que muchos creían perdidos en pos de lo transgénico, las hormonas disparadas y los famosos tomates que no saben a tomate (casi cualquiera en casi cualquier supermercado). Una idea sublimada en Azurmendi, donde Eneko Atxa lleva la sostenibilidad a su cota máxima. Tiendas y mercados madrileños como El Huerto de Lucas, Mamá Campo y Herbolarios Navarro o la barcelonesa Obbio aterrizaron también en 2014 con su catálogo de productos orgánicos, verduras de verdad, leche fresca y huevos ecológicos. La burbuja, como en todo lo que acompaña al vaivén del capitalismo, podrá explotar, e incluso alguno habrá que acabe dándonos gato (sostenible) por liebre (sostenible también). Pero pensemos en positivo y tengamos claro que, desde nuestros abuelos, nunca fue tan fácil comer sano y bien. Aunque más caro, eso sí. De momento.

CAMBOYA, UN STENDHAL INESPERADO.

Elegir Camboya como destino único, sin tours organizados ni combinados de países, para así empaparnos de la Asia más auténtica, fue una idea arriesgada por lo que tenía de aventura. Tras aterrizar en Phnom Penh y entender que el caos nos acompañaría durante todo el viaje, comenzamos a organizar la ruta con el mapa a cuestas y sin saber muy bien dónde encontraríamos el paraíso definitivo. Pero resulta que estaba en todas partes: en la absoluta paz de Koh Trong, una isla en mitad del Mekong, en la turística y agitada Siem Reap con sus imponentes templos de Angkor, en los riachuelos que nos llevaron a Battambang durante un viaje en barcaza de nueve horas, en los puestos callejeros donde probamos platos que aquí serían trending topic, en las tarántulas fritas que no catamos, en la vida feliz de los habitantes de Kep, donde me topé con los cangrejos más alucinantes que he comido jamás…

LA VIDA EN EL CAMPO. CADA VEZ MÁS. CADA VEZ MEJOR.

La puerta que véis en la foto superior daba paso hace un siglo o más a la vieja posada de mis bisabuelos, situada en algún lugar de los Arribes del Duero. De aquella casa solo queda una chimenea de piedra, unas escaleras que no suben a ninguna parte y piedras, muchas piedras. Ahora el hogar es otro, también antiguo, con suelos de madera que crujen aunque no pises y un fuego que calienta hasta el ardor, casi tanto como los vinos que fulminamos cada vez que nos escapamos allí. Nos refugiamos, no hacemos nada más que no hacer nada e incluso a veces pensamos si no sería mejor la vida así, siempre apagados o fuera de cobertura.Normalmente, el domingo se nos pasa y volvemos a la capital en busca de ruido y luz. Pero siempre con la idea de regresar pronto. Y así seguiremos.

LOS PASEOS COMO ENSAYO. Y COMO PLAN.

Cuando cayó en mis manos, pensé que Un paseo invernal podría ser el LIBRO con mayúsculas de 2014. Decir eso de un par de textos escritos a mediados del siglo XIX puede sonar un poco demasiado vintage, pero me alucina la poderosa actualidad de lo que defiende Thoreau (igual que en su fascinante Walden), ese fabricante de lapiceros que sacó punta a la vida feliz con maneras de filosófo. Libros en 2014 ha habido muchos y ya están los críticos ahí desgranando los mejores en sus habituales listas, pero yo no puedo decir si es mejor el de Marías, el de Mateo Díez o el de Muñoz Molina porque me ha faltado tiempo para devorarlos. O igual es que he seguido como siempre, enredando entre páginas viejas como Spanish Show, de Julio Manegat, Nocturno de los 14, de Ramón J. Sender, El libro blanco, de Cocteau, o Los políglotas, de William Gerhardie, en impecable edición de Impedimenta. Mis favoritos del año, sí, porque los libros son del día en que los lees.

LOS VIAJES, TODOS, CUALQUIERA.

Aquí hemos contado idas y venidas, escapadas a la vuelta de la esquina y aventuras en la otra punta del planeta. Vosotros mismos habéis compartido algunos viajes y dado recomendaciones a otros lectores. Bien hecho. Ya robé un día una frase a Pessoa y hoy vuelvo a utilizarla, pues no conozco otra mejor para resumir lo que supone una maleta siempre dispuesta; siempre abierta: “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Y es que cuantas más vueltas demos ahí fuera, más sabremos de nosotros mismos. Pero también de lo que tanto nos preocupa en este rincón: el comer, el beber, el VIVIR.

HER, EL BOFETÓN CINEMATOGRÁFICO.

Junto a Nebraska, Her fue la película que más boquiabierto me dejó en 2014, tan diferentes ambas y tan brutales. Sin embargo, he preferido un fotograma de Her para abrir estas líneas porque con ella sentí un profundísimo bofetón de realidad que me dejó k.o. El futuro raro y distópico creado por Spike Jonze es inquietantemente parecido a nuestra vida hoy, pegados todos a rutinas paralelas a través de redes sociales; enamorados no, pero casi, de avatares que vete a saber si tienen alma; empeñados en sentir a través de emoticonos porque el amor 2.0 no es más que una carita amarilla disparando besos con corazón. Enviado, recibido y zas, love is in the air. Cada fotograma de la cinta te revuelve en el sofá como si no quisieras tener nada que ver con esto. Pero sí tienes que ver. Tenemos que ver. A ver si en 2015 aflojamos un poco y despegamos la cara de la pantalla.

LA GRAN BROMA FINAL.

Nunca una pesadilla en la cocina fue tan divertida. A (Yaki)toro pasado, claro está. La PEOR comida del año, ese quilombo en el que el mal chiste empezó fuerte, con una copa de agua sucia en vez de vino, sirvió también para reírnos un rato y poner los puntos sobre las íes. Por mucha fiebre gastronómica, foodie o como queráis llamarlo que haya, no todo vale. Ahora más que nunca, debemos ser exigentes con lo que vemos, comemos y vivimos, sobre todo si después pretendemos contarlo con cierto rigor. Aunque la peor, reconozco que esta no fue la única sorpresa desagradable del año. Pero no seamos Grinch, que ya (casi) es Navidad.

Comed, bebed, bailad y sed felices. Fun fun fun.

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