Husbands (John Cassavetes, 1970)

A propósito de la madurez

| 21 Abr 2015

Hace ahora cuatro años, en un paréntesis motivado por vete a saber qué, la pereza supongo, siempre la pereza, escribí sobre contadores a cero, marcadores reseteados y etapas que caput. Una excusa, siempre también las excusas, para volver a empezar. ¿Por qué? Fácil. Porque la vida, permitidme que os diga, no siempre (o no solo) consiste en caerse, ay, y levantarse veloz. A veces, el viaje también invita a tirarse de un tren en marcha y, con las rodillas magulladas, retomar el camino sin perder el punch. Como si Daniel Craig acabase de esquivar una explosión nuclear, sí. La actitud.
Este prólogo va porque algunos (ojalá que muchos) se preguntaban dónde –narices- se había metido Bon Vivant, ese alter ego nacido hace seis años con poco de alter y más de ego (eh, maldito el periodista que no reconozca ese halo de yo-yó wildeano). Pues mirad, resulta que se había bajado del tren en busca de lo de siempre: historias de comer, de leer, de viajar, de bailar. De VIVIR, vamos.

Vamos.

Sacudidos ya los hierbajos a lo Gainsbourg, entre volutas de Ne dis rien, Bon Vivant ya ha aterrizado en TAPAS, dónde mejor que en la revista de la que todo el mundo habla (porque vosotros sois todo el mundo, ¿no?) y a la que tuve la inmensa suerte de incorporarme (gracias, Andrés Rodríguez; gracias, Rodrigo Varona) cuando solo eran eso, unas tapas de revista (horneando la tercera estamos) ansiosas por atiborrarse de historias y salir a la calle así de orondas, más de 200 páginas de ñam-ñam que, seguro, ya os estáis zampando.

¿Y ahora qué haremos?

Ahora seguiremos hablando de sinsentidos, de por qué si intentas traducir ensalada caprese en Italia te sucederá lo mismo que si dices capuccino en chino y el chino te da té.
Ahora escribiremos verdades nuevas, y quizá también mentiras que luego atizaremos, como el fuego, para así calentarnos cuando el frío. Calentar es el quid.
Ahora podremos decir, ahora sí, que bon vivant ha madurado, y que menuda palabra tan grande para seguir. Madurez. La única que te empeñas en repetir cuando eres un inmaduro y dejas de decir el día que, de repente, una cana se cuela en tu barba y ya no hay photoshop que lo frene. Bendita madurez.

Porque, amigos, ESTO es la madurez:

1. Dar un volantazo a tiempo; cambiar de rumbo antes de seguir en un camino demasiado cómodo, demasiado aburrido, demasiado que no. Tomar decisiones, en fin. De ahí que desde ahora nos veamos aquí

2. Como dice mi amigo Nacho López, con quien siempre acabo hablando de aquellos maravillosos años con la certeza de que otros mejores están por llegar, “madurar es cogerse cariño y dejarse en paz”. De ello hablamos aquí el otro día y sí, a propósito de la madurez, junto a Rodrigo Taramona y Ángel Carmona. Menudo encuentro.

3. Saber salir airoso de esas huidas con el tren en marcha que decíamos al prinicipio. Quizá haya quien se ría de tu pantalón lleno de tierra. Quizá haya quien señale con el dedo tu camisa hecha jirones. Tú solo sonríe.

4. No empeñarse en ser mayor porque sí. Ergo, en hacer cosas “de mayores”. Madurar no obliga a cuellos con corbata que ahogan locuras. No obliga a darle vueltas a la copa como si quisieras centrifugarla. No obliga a madrugar si esa mañana toca hacerse el remolón. No obliga a que sientes cátedra. No obliga a que te cases; tampoco a que te embarques. Madurar no obliga a nada y ahí está la gracia.

5. Escribir con renglones torcidos. Las líneas rectas siempre son demasiado aburridas.

6. No dudar. La duda ofende.

7. Cuidar a los amigos. A estas alturas ya son los que están y, si están, será por algo. Incluso para decirte que abras otra botella, que no piensan irse de tu casa con tanto hielo aún sin derretir.

8. Emprender nuevas aventuras. Un amor loco. Un trabajo en la otra punta de tus previsiones. Un viaje a donde hasta ayer no querías ir. Un hijo. Un árbol. Un libro. Lo de siempre, pero ahora ya en serio.

9. Sacar barriga. Aceptarse. Quererse. Mirad a los cuatro de la foto. Eso es madurar. No o qué.

10. Exprimir cada minuto. La locura de la juventud obliga a lo contrario, a torear el tiempo como si el reloj de arena no tuviera fin. Pero llega un día en el que aprendes que no, que cada minuto merece ser vivido con la intensidad del primer beso.

Con la intensidad de la primera vez. Como esta primera vez aquí, en TAPAS, que ya es vuestra casa. Bienvenidos.

Más, en Twitter e Instagram. No habrá opción a comentarios tras estas líneas porque aquí creemos en los artículos a lo Larra, sin vuelta atrás. Pero, por supuesto, podéis consultar dudas, tirar piedras o lanzar claveles SIEMPRE a través de las redes sociales. Hacedlo.

Enseguida volvemos.